Conjeturas sobre Julio Popper

Ignacio M. Delgado Culebras June 24, 2013 3
Conjeturas sobre Julio Popper

Foto: Historiatdf.com.ar

Como sucede cada vez que se aborda una personalidad desmesurada como la de Julio Popper (Bucarest,1857), cuesta trazar la línea entre mito y realidad, negociar la aristas del hombre sin dejarse llevar por el relato de sus aventuras. ¿Fue Popper el “Quijote del oro fueguino” o el genocida de los indios Ona? ¿Fue el aventurero al que la fiebre del oro causó delirios de grandeza o el viajero que, tras vagar a través de medio mundo, encuentra en el sitio más insospechado una bandera bajo la que servir y una causa acorde con la magnitud de sus ambiciones? ¿Quién fue, en suma, Julio Popper?

Pródiga en aconteceres, la vida de Julio Popper fue breve. Entre su nacimiento y su muerte mediaron tan sólo 36 años, pero nada de esto sabían Naftalí y Perla Popper cuando su hijo Julio vino al mundo en Bucarest en 1857.
Naftalí Popper era un hombre emprendedor que no se dejaba arredrar por las dificultades y gustaba de nadar a contracorriente. Pese al rechazo de los judíos ortodoxos más conservadores, Naftalí fundó el primer colegio judío liberal de Bucarest que ofrecía enseñanza en yiddish, rumano y alemán y el semanario Timpul, que se publicó en rumano y en yiddish entre el 17 de mayo y el 7 de agosto de 1859. Quizá la inasequibilidad al desaliento de Naftalí, que además de padre fue profesor de su hijo, marcó el carácter irreductible del pequeño Julio o tal vez le fuera consustancial. Resulta difícil determinar qué rasgos de una persona le son inherentes desde el nacimiento y cuáles se adquieren o desarrollan en el curso de una vida o, dicho de otro modo, ¿Por qué Julio Popper sentía la lancinante necesidad de abrir caminos donde no los había y su hermano pequeño Máximo (Bucarest, 1868) se inclinaba por transitar las sendas abiertas por Julio?

Al cumplir los 17 años, Julio Popper se da de bruces con el antisemitismo. Las leyes rumanas prohibían a los judíos estudiar en la universidad y servir en el ejército. Julio, que se llevaba mal con límites y constricciones, se traslada a París para estudiar ingeniería de minas. No volvería a Rumania más que una vez más para visitar a su familia en 1881.
París no fue sino la primera parada de un periplo alrededor del mundo que, durante los diez años siguientes, le conduciría a Viena, Estambul, India, Egipto, China, Japón, Siberia, Nueva Orleans, Cuba, México y Brasil.

Azar o Destino

El 24 de Septiembre de 1884, la goleta Articque, que había levado amarras en Le Havre con rumbo a Valparaíso (Chile), encalla en Punta Vírgenes (provincia patagónica de Santa Cruz). La tripulación pone pie a tierra y, al cavar en busca de agua potable en las barrancas de la costa, encuentran arena aurífera. En Argentina se desata la fiebre del oro. Aventureros de toda clase y condición se disponen a viajar a Cabo Vírgenes, Zanja Pique, Luchacho, y Cañadón de los Franceses en busca de oro.
La noticia sorprende a Julio Popper en Brasil. Tal vez la leyó en un periódico en el bar de un hotel o quizá un emigrante argentino que añoraba su Buenos Aires querido y tenía ganas de platicar con aquel encantador extranjero le comentó el suceso, pero no fue en principio (o quizá sí) la perspectiva de un rápido enriquecimiento lo que empujó a Popper a viajar a Argentina, sino lo que el exótico nombre de Patagonia evocaba en él, los recuerdos que le despertaba: Cierto día de verano, años atrás, en que paseaba distraídamente por los aledaños de la Plaza Constantin Voda en Bucarest, un adolescente Julio Popper oyó unos gritos. Al doblar la esquina, los vivos colores de una enorme carpa de circo excitaron una imaginación ya sedienta de aventura. Se aproximó al hombre que anunciaba la presencia del cacique Tak Mi Ki Ki de los caníbales de la Patagonia, el terrible indio que había devorado cruda la lengua de su suegra. Patagonia. Aquella fue la primera vez que escuchó aquella misteriosa palabra y ahora, años después, regresaba a él ofreciéndole un destino a la medida de sus ambiciones, pero también de sus cualificaciones, no en vano era ingeniero de minas. Plegó el periódico, pagó la cuenta (e invitó a su achispado interlocutor) y compró un boleto a Buenos Aires.

Apenas llegado a orillas del Río de la Plata, un rubio, ingenioso, culto, alto, sagaz y bien parecido Popper despliega todo su encanto para engatusar y entablar amistad con las familias más poderosas de la tan rancia como cerrada aristocracia bonaerense. Extrañamente, los Ramos Mejía, Vicente López, Ayerza, Irigoyen y Cullén deciden prestar apoyo y dinero a aquel advenedizo y fundar con él sociedades anónimas y compañías para explotar oro en Tierra del Fuego.
El carisma de Popper quizá engrasase y acelerase la consecución del milagro de su rápida integración en la elitista aristocracia porteña, pero no fue su causa principal, siendo ésta su condición de masón y su amistad con Julio Belfort, un masón de origen franco-español que tenía contactos entre la aristocracia argentina, cuyos miembros eran en su mayoría masones. La delgada línea entre mito y realidad.

Lugar Adecuado, Momento Oportuno

Por propia voluntad, fino olfato, fortuna, o caprichos del azar, Popper siempre era la persona indicada en el lugar adecuado en el momento oportuno. Si la noticia del descubrimiento de oro en Tierra del Fuego había sorprendido al ingeniero de minas Julio Popper en Brazil y no, por ejemplo, en Jaipur, su llegada a Argentina coincidió con la campaña para la expansión del territorio argentino auspiciada por el Presidente Julio Argentino Roca a través de la Ley de Organización de los Territorios Nacionales. Argentino Roca pretendía, además, poblar la Patagonia y ahuyentar a los grandes países europeos que, en pleno desenfreno colonialista, empezaban a tomar interés por la punta sur de Latino América. Julio Popper aparece en Argentina como el hombre perfecto para explotar las reservas de oro en Tierra del Fuego e, indirectamente, ayudar a Argentina a extender su soberanía hacia el sur.

Explorador
En los ocho años que mediaron entre su llegada a Argentina y su muerte, Julio Popper se embarcó en varias expediciones y proyectó otras que la muerte le impidió realizar. Tierra del Fuego fue el principal objeto de sus exploraciones y, finalmente – quizá porque resulta inevitable acabar por creer que aquello que descubrimos nos pertenece aunque lo hagamos en nombre de una causa mayor — también de sus deseos y ambiciones, pero no el único, pues también exploró el norte de Argentina (Jujuy y Puna) y proyectó una expedición a la Antártida. Su primera expedición a Tierra del Fuego, en 1886, fue meramente exploratoria. Popper trazó mapas, y registró y puso nombre a los accidentes geográficos con los que se topaba, pero no encontró oro. Pese al fracaso, tuvo un recibimiento triunfal en Buenos Aires y dio conferencias y escribió artículos en los que loaba y glorificaba sus hazañas (aunque tenía la vergüenza y el buen gusto de hacerlo bajo en seudónimo Cincinatus).

Mapa realizado por Popper en una de sus primeras expediciones.

Mapa realizado por Popper en una de sus primeras expediciones /
Foto – (xcreativa.com)

Apenas cuatro meses más tarde, Julio Popper partiría de nuevo a Tierra del Fuego. Su mente y su voluntad albergaban un único fin: encontrar un yacimiento de oro y explotarlo. Pese a que todo apuntaba a la existencia de oro en Cabo Vírgenes, Popper decidió ir más al sur y establecerse en la Bahía de San Sebastián, donde fundó la explotación aurífera conocida como “El Páramo” en un espigón formado naturalmente por la erosión y el empuje de las mareas. En menos de tres meses empezó a extraer oro a un ritmo de medio kilogramo al día. Aunque ocupado con la explotación de los lavaderos de oro, el virus de la exploración nunca abandonó a Popper, que siguió viajando por la parte meridional del Tierra del Fuego, explorando las islas de Pictón y Nueva y el Cabo de Hornos, donde también encontró oro y fundó otras explotaciones como Bahía Slogget.
En 1889, Popper envió una carta a la Sociedad Científica Rumana expresando su deseo de conocer las islas Diego Ramirez, Shetland del Sur, Georgias del Sur y la zona cercana a la Antártida. En 1893, se disponía a zarpar con rumbo a la Antártida a bordo del vapor “Explorador,” un viaje que sólo truncó su prematura muerte.

Pionero Tenaz

La cosechadora de oro inventada por Popper.

La cosechadora de oro inventada por Popper/Foto – (Xcreativa.com)

La biografía de Popper parece un empeño constante en abrir caminos, atreverse a adentrarse en terrenos inexplorados, no dejarse abatir por el desaliento, no desistir. Popper no se conformaba con descubrir un lugar y darle un nombre. Tenía que desarrollarlo, explotarlo, someterlo. “El Páramo,” por ejemplo, hacía honor al paisaje que lo acogía. No había nada salvo mar y una lengua de tierra que se adentraba en el mar y allá donde nada había decidió construir una explotación aurífera en la que poner a prueba uno de sus inventos: la cosechadora de oro, que lavaba setenta y cinco toneladas de arena en un día y extraía el 99.6% del oro contenido con sólo cinco litros de agua por tonelada.
Una vez hubo logrado extraer oro de forma constante (a una media de medio kilogramo al día), convirtió la aislada explotación aurífera en una suerte de colonia y la dotó de leyes, policía (a cuto mando estaba su hermano Máximo) e incluso moneda y sellos (muy cotizados entre los coleccionistas). Cuando creyó que “El Páramo” estaba consolidado, fundó las explotaciones de Río Carmen Silva (en honor a la reina de Rumania), Río Cullén, y Bahía Slogget.
No se detuvo ahí. Su sueño es colonizar la Patagonia y explotar sus posibilidades al máximo (de nuevo asoma el posible masón que se afana en alcanzar el máximo desarrollo humano posible). Tras su viaje al norte de Argentina en 1890, pide al gobierno argentino ochenta mil hectáreas de tierra bajo la Ley de Colonización Agrícola para instalar a doscientas cincuenta familias indígenas Onas, entregarles tierras, construir casas y enseñarles a cultivar la tierra y pastorear.
Apenas un año más tarde solicitaría trescientas setenta y cinco mil hectáreas para alojar a cien familias europeas y propone obras públicas, la creación de explotaciones lanares, la construcción de una línea de telégrafo que uniese Buenos Aires y Tierra el Fuego, y la explotación de pieles de lobos marinos.
En su empeño colonizador, Popper no se detuvo ante obstáculo alguno. El error más común cuando se habla de conquistadores, exploradores y descubridores — y Julio Popper tuvo un poco de los tres — es considerar el territorio conquistado o descubierto como un espacio vacío y nunca hollado por el hombre y, por tanto, carente de historia e incivilizado, quizá porque de esta manera se pueden justificar con mayor facilidad y con la excusa de la “misión civilizadora” incómodas verdades como los desmanes y masacres que estas conquista y descubrimientos llevan a menudo aparejados. Popper no fue una excepción. Sus hazañas a mayor gloria de Argentina y su conquista de Tierra del Fuego se hizo a costa de los pobladores originarios de la Patagonia, los indios Ona.

Una de las cacerías de inidos Onas en las que participó Popper

Una de las cacerías de indios Onas en las que participó Popper / Foto-(Portalnet.cl)

En el Museo del Fin del Mundo en Ushuaia, hay fotos que muestran a Popper participando en una masacre de indios Ona. En su descargo, si es que éste es posible, hay que decir que intentó redimirse años más tarde con un plan para repoblar la Patagonia con familias Onas. ¿Le atormentó el recuerdo de las matanzas o el recuerdo de las fotografías? ¿Se arrepintió acaso de aquel acceso de soberbia que le llevó a entregar las fotografías de la matanza al Presidente Celmán y con ello la posibilidad de una imborrable mácula en la historia que el mundo venidero contaría de él?

Ambición

Cuántas veces no sucede al abordar la vida ya acabada de un genio, un héroe o un villano que se rastrean los años que precedieron al instante en que el anónimo se convirtió en celebridad en busca de indicios que prueben su genialidad, heroísmo o infamia, como si sus vidas no hubieran podido torcerse en cualquier vuelta del camino o transcurrir por derroteros distintos y estuviesen por tanto predestinadas a ser lo que terminaron siendo. Y, sin embargo, eso es jugar con las cartas marcadas, pues supone partir con la ventaja de conocer el final de la historia y prescindir así de todos los cruces de caminos, de los momentos en que pudo salir cruz y salió cara, el destino pudo haber cambiado de signo o la persona era solo un repertorio de futuros en el que ser panadero era tan posible como ser genocida. Y es que albergamos esas potenciales personas en las que nos podríamos convertir dentro de nosotros y a menudo sólo es cuestión de circunstancias u oportunidad el que éstas se manifiesten. Al repasar la vida de Julio Popper resulta difícil dilucidar si su ambición y deseo de notoriedad fueron la constante que guió su vida o, por el contrario, estaban en él en potencia y el tiempo y las circunstancias le llevaron a desarrollarlas hasta bordear la megalomanía.

Salvo vaguedades, poco se sabe de su infancia y juventud, como si hubiese sido un fantasma que apenas hubiese dejado huella de su paso por el mundo. Sin embargo, desde su llegada a Argentina parece desenvolverse con la confianza y soltura de quien se sabe destinado a las más altas empresas y convence a todo el mundo no sólo de que el extranjero advenedizo es el hombre indicado para explotar Tierra del Fuego y extraer el oro que se sospecha está allí, sino de que ha de acompañarle una escolta armada de quince hombres para mantener a los indios a raya y disuadir a posibles buscavidas. Esto que a simple vista puede parecer una sensata medida de autoprotección cambia de cariz si se añade un pequeño detalle: Popper los vistió con uniformes del ejército húngaro. ¿Por qué llevar una escolta armada uniformada? Y, si había de llevar uniformes, ¿no hubiese sido más lógico que llevasen los del ejército argentino, pues era Argentina la que sufragaba la expedición?

Sea como fuere, su llegada a Punta Arenas (Chile) en 1886 arroja algo más de luz sobre las ambiciones (y acaso incipiente megalomanía) de Popper. Con su proverbial sentido de la oportunidad, la llegada de Popper a Punta Arenas coincide con la toma de posesión del presidente chileno Balmaceda y un desfile en su honor. Tras visitar al gobernador, se permite a la escolta de Popper desfilar junto a las tropas chilenas. ¿Fue este acaso el momento en que empezaron a darse las circunstancias para que la solapada o inconfesable ambición de Popper emergiese a la superficie? ¿Empezaba Popper a vislumbrar y saborear de antemano las mieles del poder omnímodo que da el saberse la máxima autoridad, apoyada por un pequeño ejército, de un territorio desierto rico en oro en el que el estado carecía de presencia? ¿Soñaba con ser el soberano de Eldorado? Aún era demasiado pronto y todas las cábalas que pudiera hacerse no eran sino cuentos de la lechera pues aún no había encontrado oro ni había demostrado que existiese en la cantidad suficiente como para justificar su explotación.

El ejército de Popper desplegado en "El Parano"

El ejército de Popper desplegado en “El Parano”/ Foto-(xcreativa.com)

Todo cambió en la segunda expedición (1887) cuando sentó sus reales en “El Páramo,” comenzó a extraer oro con la ayuda de un grupo de croatas contratados en Punta Arenas y a enviar remesas a los inversores. Se desató la fiebre del oro y un sinfín de aventureros, criminales, y buscavidas se arremolinaron alrededor de “El Páramo” en busca de fortuna. Las rencillas y los desórdenes no tardaron en estallar y no fueron pocas las veces en que Popper tuvo que sofocar insurrecciones que tenían como objetivo acabar con él y su monopolio sobre la explotación de oro en Tierra del Fuego.

No sería de extrañar que, con ello, Popper hubiese empezado a verse a sí mismo como el monarca de un nuevo reino y no como el gestor de intereses ajenos. Imagine el lector ser el explorador que recorre Tierra del Fuego trazando mapas, dando nombre a cada accidente geográfico, el emprendedor que busca y encuentra oro y pone en marcha una rentable explotación aurífera, el militar que ha de asegurar cada centímetro conquistado ante el avance de arribistas y oportunistas. “El Páramo” y Tierra del Fuego eran sus retoños y es que, aunque todo ello perteneciese nominalmente a Argentina, en “El Páramo” o cualquier otra explotación Popper encarnaba y era a todos los efectos Argentina, el poder al que había que rendir pleitesía, el caldo de cultivo en que acabó por cocerse a fuego lento el megalómano que habitaba en él.

 

Moneda de un gramo de oro acuñada por Popper

Moneda de un gramo de oro acuñada por Popper / Foto -(Portalnet.cl)

El proceso de cocción fue progresivo: Primero fue el ejército propio y el desfile en Punta Arenas, luego el nombramiento de su hermano Máximo como jefe de policía, más tarde la acuñación de moneda propia y sellos y, a partir de 1890, una sucesión de proyectos que oscilaban entre lo ambicioso y lo delirante mientras en él se debatían el masón buscaba el mayor desarrollo humano y el megalómano que deseaba más poder (pues en todos sus proyectos él jugaba un papel central): pide a Argentina 80 mil hectáreas para instalar a familias Onas y enseñarles a cultivar la tierra y pastorear (pero se queda cincuenta y cinco mil hectáreas para sí), propone obras públicas en Río Grande, la explotación de pieles de lobo marino, un plan de remolcadores para el Estrecho de Magallanes, un proyecto para crear una línea de telégrafos entre Buenos Aires y Tierra del Fuego y, en un alarde que aunaba su sentido práctico con un instinto mesiánico, el proyecto Atlanta para la fundación de un pueblo marítimo en Tierra del Fuego que sirviese como puerto de entrada a la Antártida y rivalizase económicamente con Punta Arenas.

 

Julio Popper, a la izquierda en uniforme, posando sobr una barca tras ua de sus expediciones.

Julio Popper, a la izquierda en uniforme, posando sobre una barca En Tierra de Fuego / Foto- (elorgullodeserparte.com.ar)

La Antártida fue el último de sus grandes sueños. En 1893 proyectaba una primera exploración y lo había dispuesto casi todo: los barcos “Explorador” y “Gringuito,” el capitán noruego Carlos Hansen, el naturalista Bruno Ansorge, la tripulación experimentada… Pero, como todo personaje poliédrico y excesivo, su muerte no podía ser sino misteriosa. El 5 de Junio de 1893, Popper se acostó para no despertar. Tenía 36 años. Un amigo lo encontró tendido sobre unas pieles, muerto. Pese a que la autopsia reveló que su muerte se había debido a un problema de corazón, no tardaron en sucederse los rumores de que había sido envenenado y en circular exageraciones sobre su persona: Julio Popper el que holló las cumbres del Himalaya y el Aconcagua, el que, apenas con un puñado de valientes, derrotó y puso en fuga a la flota inglesa que se disponía a conquistar Tierra del Fuego en la batalla de la Bahía de San Sebastián. Popper hubiera sonreído ante los rumores y las hazañas que la imaginación popular le atribuía, pero no los hubiese negado. No se trataba de que hubiese hecho o no lo que todo el mundo decía que había hecho, sino de que le creyesen capaz de hacerlo.

 

3 Comentarios »

  1. Estephanie June 26, 2013 at 00:51 - Reply

    Siempre nos sorprendes e ilustras con historias interesantes de lectura amena.
    Gracias por el buen momento que he pasado leyéndola y por lo que he aprendido sobre Julio Popper

  2. Emilio April 11, 2018 at 04:37 - Reply

    Muy interesante artículo sobre un enigmático personaje. No lo trata con la condescendencia del observador actual sino situándose en la época

  3. ana margarita6 July 20, 2018 at 02:43 - Reply

    una mirada y un analisis que me completo otras lecturas sobre el personaje y su compleja vida.

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