El secreto de la calle Anton Pann: un viaje al alma de los Balcanes

Sobremesa

A veces, las mejores historias no se buscan, te encuentran. Todo comenzó por una serie de casualidades que me arrastraron lejos de los ruidosos bulevares de Bucarest hacia una callejuela que parecía resistirse al paso del tiempo: la calle Anton Pann.

La primera vez que estuve en esta calle fue en 2005, durante una noche surrealista, de esas que suceden a menudo en Bucarest, en la fiesta de cumpleaños de un actor de Hollywood que había rodado una película en Rumanía.

Hace dos años, mientras me visitaba mi padre, un gran apasionado de la música, el museo del compositor más conocido de Rumanía estaba en obras, así que, buscando una alternativa, apareció esta misma calle y la Casa Memorial de Anton Pann, así descubrí este lugar y a este personaje polifacético que moldeó la identidad de una nación.

Pero como no hay dos sin tres, después de la visita y de lo fascinante que me pareció la figura de este personaje, buscando más información, descubrí un video con una de las museógrafas del museo que resultó ser mi vecina de abajo. Ahí me quedó claro: Anton Pann, mi vecina y yo teníamos una historia que contar.

En esta calle larga y estrecha, encajonada entre edificios antiguos y modernos, se encuentra una pequeña casa de muros blancos y techo de madera que invita a cruzar el umbral del siglo XIX. Al atravesar la puerta, la atmósfera cambia por completo. No solo entras a un museo, sino al taller de un visionario. Para entender la magia de este rincón, me recibe Mădălina Șchiopu, la museógrafa de la Casa Memorial, cuya pasión por el personaje transforma cada estancia y objeto en una ventana al pasado.

Sala 1: El Retrato del desconocido

Nos sentamos en una de las salas principales. Lo primero que llama la atención es la fisonomía del propio Anton Pann en los retratos que decoran la estancia. Le pregunto a la experta por los orígenes de este misterioso hombre que da nombre a la calle.

¿Este retrato es la única imagen que existe de Anton Pann?

Sí, existen cuadros pintados según las descripciones de quienes lo conocieron. Desde el punto de vista físico, parece ser que era alto, de casi 2 metros, y doy fe porque el año pasado se hizo una exhumación en la que estuve. Vino un arqueólogo que tomó todos los restos óseos y la tumba no terminaba nunca a lo largo, cavaron hasta 2 metros. Y, efectivamente, era un hombre muy alto.

Llevaba siempre patillas y usaba una especie de vestimenta monacal negra y en la cabeza un podcap, que de hecho es la vestimenta turca (se llama Işlik en turco a ese sombrero). Pero, de hecho, él no era monje. Él se consideraba clérigo, pero era un laico.

Los biógrafos dicen que era un hombre apuesto e imponente, con un agudo sentido del humor extraordinario. Seguramente era un hombre agradable en general porque tuvo un gran éxito con el público, con la gente común que leía sus libros. Una curiosidad sobre su carácter es que escribió su propio epitafio.

¿Quién fue realmente Anton Pann?

Fue una gran personalidad del siglo XIX. De padre rumano y madre griega nació en algún momento a finales del siglo XVIII, aproximadamente en 1796. Lo curioso es que no nació en Rumanía, sino en Bulgaria. Bulgaria en aquella época formaba parte del Imperio Otomano; nació en una localidad que era como un pueblo de provincia, que todavía se llama Sliven.

Tras la muerte de su padre, se marcha junto a su madre y sus dos hermanos mayores a Chișinău. Hay una mi­gración masiva debido a la guerra ruso-turca. Es un balcánico, representa a toda la cultura balcánica, no solo a la rumana.

¿Y es ahí donde empieza a ganarse la vida con la música?

Exacto. Ahí se refugia con su madre en Chișinău, donde su primer oficio es el de salmista. Salmista significa cantor de coro en la Iglesia Ortodoxa. Él canta en la catedral de Chișinău. Allí descubre su vocación musical y nace en él la pasión por la música. Fue un gran compositor. Desde Chișinău regresa junto con su madre a Rumanía, a Bucarest, llegando aquí hacia 1812.

Muchos de sus biógrafos dicen que su madre también era rumana, aunque por el nombre, Tomaida, podría haber sido griega. Al llegar aquí a Bucarest, continúa con su oficio de salmista en muchas iglesias. Al mismo tiempo, se inscribe en cursos de teoría musical eclesiástica con maestros griegos como Dionisie Fotino y Petru Efesiu, quien además tenía una imprenta.

Después de terminar el curso de música, se convierte en tipógrafo, aprende a trabajar en la imprenta y se convierte, de hecho, en un visionario, porque se da cuenta de que a través de la imprenta puede proliferar la cultura.

Sala 2: El impresor y el Bucarest antiguo

Caminamos hacia la zona donde se exponen antiguos facsímiles y herramientas de imprenta. La museógrafa acaricia con la mirada las réplicas de los libros que cambiaron la historia de un pueblo analfabeto.

¿Cómo era el Bucarest que encontró Pann cuando llegó en 1812?

Era el período de los soberanos fanariotas. Bucarest tenía entre 30 y 40 mil habitantes. Era una ciudad de contrastes. Los viajeros extranjeros decían que era una ciudad llena de grandeza debido a las iglesias, que eran grandiosas, tenían cúpulas doradas y eran hermosas. Las calles principales pasaban entre las casas señoriales de los boyardos, que eran de ladrillo, con jardines diseñados.

Pero si ibas y te metías por los callejones de los suburbios (mahalale), era una lástima: era una ciudad de provincia con casas pequeñas hechas de barro, muchas cubiertas con paja. Esa fue una de las razones por las que Bucarest se incendió muchísimas veces.

Llegó aquí en un período en el que el 80% de la población era analfabeta. Muchísimos aprendieron a leer gracias a los libros que publicó Anton Pann, porque querían leerlos. Se convierte en un profesor de renombre. Intentó simplificar la notación musical bizantina, que era muy difícil, y creó una especie de manual de pedagogía musical.

Vivir en el Bucarest de esa época debía ser toda una aventura

¡Imagínate! Las calles principales se pavimentaban con gruesos troncos de roble y cuando llovía o el río Dâmbovița se desbordaba, el barro hacía que caminar fuera imposible. Además, no había iluminación pública.

Anton Pann vivió el momento exacto de la transición: la introducción de las primeras lámparas de gas en Bucarest. Antes de eso, la ciudad de noche era una boca de lobo. Si tenías que salir del teatro o de una taberna, tenías que contratar a un sirviente que caminaba delante de ti con una antorcha para no caerte en un pozo de barro o ser asaltado.

Bucarest estaba dividido en mahalale. Los barrios se llamaban mahala palabra turca que significa barrio. Y no tenía connotaciones despectivas de la palabra, es decir, no significaba la periferia de Bucarest. Había mahalale también en el centro de la ciudad. En general, los barrios se construían alrededor de las iglesias y adoptaban su nombre.

Esta zona de aquí se llamaba la mahala Lucaci porque esta zona perteneció a un gran boyardo que se llamaba Lucaci en tiempos antiguos. Era la mahala de Lucaci y también estaba la iglesia de San Estiliano que llevaba el nombre del boyardo Lucaci en el barrio. Y de esta manera nació el barrio. Había solo unas pocas casas. Cruzando la calle desde la casa de Anton Pann había campos que ni siquiera formaban parte de Bucarest, estaban fuera, por lo tanto, era el límite de Bucarest. Y esta calle se llamaba calle Taurului 12.

Había muchas posadas, la Posada de Manuc (Hanul lui Manuc) es de aquella época, pero había muchísimas otras que pertenecían a los fanariotas y se usaban no solo para el alojamiento de las personas, sino que contaban con patios con grandes almacenes, unos pabellones inmensos en los que los comerciantes vendián sus productos porque Bucarest era un centro económico muy importante, aquí venían comerciantes de todo el país a vender sus mercancías.

La fuente principal de agua era el río Dâmbovița y Bucarest era una ciudad verde con muchísima vegetación. Los parques de ahora son pequeños pedazos de los jardines de antaño. En los jardines la gente socializaba. Por ejemplo, los domingos, después de la misa de la iglesia o en las festividades religiosas, se reunían las familias en los parques. Venían cantores, lăutari que tocaban lăută (laúd) o cobză un instrumento turco que se tocaba en el período fanariota.

Existían medios de entretenimiento que se construían ellos mismo, todo era mecánico, como unos proyectores, los antepasados del cine que tenemos dos aqui en la casa: el zoótropo y el praxinoscopio, en los cuales la gente creaba su propia animación o tiras cómicas. Las montaban en el aparato y, al girar, creaban una ilusión óptica de movimiento. De hecho, esos eran los dibujos animados de la época. Y no solo eso, también creaban todo tipo de figuritas de papel que clavaban en ese aparato y al girar parecía que se movían. Así eran las diversiones de los rumanos de aquella época.

Mientras que los fanariotas, en la corte principesca, por ejemplo, y los boyardos, que no eran rumanos (eran griegos o turcos), se sentaban en el diván, fumaban en narguile y bebían café turco. Esa era la moda. El diván era el elemento esencial, el mueble esencial en las casas de los boyardos. Y escuchaban música, folclore griego, turco, tocado con los instrumentos de la época; eran instrumentos orientales.

Una parte de estos instrumentos están también aquí en la casa. El canun, el violín que era tanto para ellos como para nosotros, el baglama, el tambor… por lo tanto eran instrumentos que solo en ese período se tocaron aquí en nuestro país, pero que todavía hoy son utilizados por los orientales y los turcos.

Mencionaste los incendios… Pann vivió uno de los peores desastres de la ciudad, ¿No?

Sí, en 1847 hubo un gran incendio que destruyó cerca de tres cuartas partes de la ciudad. Fue justamente el día de Pascua. Existía la costumbre de que los hijos de los boyardos dispararan armas. Un niño tomó un arma sin supervisión, disparó hacia el cobertizo del patio lleno de paja y el fuego se extendió por toda la ciudad. La casa estaba por donde se encuentra hoy la colina de la Metropolía y se quemó todo lo que hoy es el centro antiguo; quedó hecho cenizas. Se quemaron unas 12 iglesias y más de 1.800 casas. La gente se quedó solo con lo que llevaba puesto.

Anton Pann escribió un poema extraordinario porque, fue testigo, caminaba por la calle y actúa incluso como reportero. Ese poema se llama La memoria del gran fuego. Tiene 81 estrofas en las que narra cómo se quema Bucarest, con imágenes artísticas donde el fuego es comparado con un dragón que se traga las torres de las iglesias.

Me llama la atención el esfuerzo de imprimir libros en una época con tanto analfabetismo. ¿Cómo lograba que la gente los comprara?

Es que él era un visionario y un verdadero emprendedor. Como la mayoría de la población no sabía leer, Anton Pann inventó su propio sistema de distribución. Escribía las historias, componía las canciones, las imprimía en su taller, y luego cargaba los libros en una carreta y viajaba por los pueblos y ferias de toda Valaquia para venderlos él mismo. Iba por los monasterios, tenía libros por encargo, los distribuía bajo pedido, tenía sus suscriptores. Era un pequeño negocio con el que ganaba algo de dinero. Entendió que la cultura no debía quedarse encerrada, sino salir a buscar a la gente en los mercados.

Más allá de su calidad como músico extraordinario, fue un escritor de genio. Autor de muchos libros; uno de ellos, un libro muy famoso, se llama Povestea Vorbii (La historia del habla), y lo menciono porque es, de hecho, la quintesencia de toda la sabiduría de nuestro pueblo.

Es un libro sobre los defectos humanos, una especie de tratado de antropología, historias sobre los defectos humanos, seguidas de proverbios que ilustran esos defectos. Los proverbios se siguen usando hoy en día y no son solo proverbios rumanos, son utilizados por todos los habitantes de los Balcanes.

En general, son proverbios comunes a todos porque tienen que ver con la moral. Pero es un libro notable y él es un escritor genial. Tiene un lenguaje extraordinariamente vivo, un sentido muy agudo de la ironía y del humor. Todos nuestros grandes escritores posteriores a Anton Pann se inspiraron en él y lo leyeron. Prácticamente, la literatura rumana moderna se apoya sobre los hombros de Anton Pann.

Fue además un folclorista extraordinario, porque todos estos viajes por el país para vender sus libros le propiciaban el encuentro con la gente del pueblo, iba por las aldeas, recopilaba folclore, proverbios, dichos, cantos antiguos, incluso historias de los ancianos.

De esta manera nació su literatura. Pero toda su literatura, aunque está recopilada de la sabiduría de nuestro pueblo, y también de otros pueblos (de los turcos, de los griegos, de los búlgaros), pasa por su propio filtro. Así que él no es un copista, no copia, sino que innova, introduce nociones modernas y nuevas en la literatura rumana. Este fue Anton Pann, en líneas muy generales.

Es una persona polifacética e interesante; creo que al haber vivido en varios lugares, tenía una visión intercultural, le resultaba fácil extraer la esencia de cada pueblo y al tiempo ver también la singularidad de cada zona ¿No?

Claro, en Sliven, su ciudad natal, hablaba el turco además del búlgaro. El Bucarest de la época en la que él llegó aquí, en 1812, se parecía mucho al Sliven de su infancia. Es decir, era un lugar cosmopolita, habitado por búlgaros, serbios, armenios, turcos, griegos… Toda Europa estaba reunida allí. Había artesanos, comerciantes, esos eran más que nada los oficios. Por ejemplo, su padre era calderero, hacía calderas de latón. Sus hermanos mayores, de igual manera, fueron puestos a aprender oficios.

El único que estudió letras fue Anton Pann. No fue a ninguna escuela, fue un autodidacta. La escuela estaba en la iglesia y el sacerdote era tanto maestro como sacerdote al mismo tiempo. Y aprendió a leer allí con el sacerdote de la pequeña iglesia de Sliven. Y probablemente esa atmósfera balcánica y tan colorida la reencontró en Bucarest y, de alguna manera, al ser ya más maduro, lo ayudó a convertirse en quien llegó a ser, en la personalidad de más tarde.

Sala 3: El Rincón del Lăutar (El Diván de los Boyardos)

Pasamos a una de las estancias más coloridas del museo, donde instrumentos de formas extrañas y antiguas cuelgan de las paredes. Aquí, la atmósfera eclesiástica se disuelve para dar paso a la música de las tabernas y los palacios.

Pero él no era solo un hombre de iglesia tenía una doble vida musical.

Así es, también es lo que nosotros llamamos un lăutar (un músico de música laica). La música laica de aquel período era una combinación entre el folclore rumano y balcánico (turco, griego…). Él toca música oriental especialmente en las fiestas de los ricos, en las fiestas de los boyardos.

Es muy interesante esta combinación entre los lăutari que cantaban para el pueblo y la atmósfera de la corte. ¿Eran los mismos músicos?

Si, esos mismos lăutari tocaban tanto el folclore oriental como el folclore local. Anton Pann tenía una agrupación, una banda con la que tocaba; eran amigos de la escuela de música. Más tarde se les unió uno de nuestros grandes escritores, Nicolae Filimon, que siendo adolescente se unió al grupo porque tenía buena voz. Él describió maravillosamente este Bucarest dividido en cinco departamentos nombrados por colores: rojo, amarillo, verde, azul y negro.

Sala 4: Vida personal y legado

Su vida personal parece sacada de una novela de aventuras: viajes, huidas, e incluso se dice que tuvo tres esposas…

Tuvo tres esposas. Las mujeres en aquel entonces no sabían de letras y se casaban desde los 14 o 15 años. Con la primera no funcionó y la iglesia, que no aceptaba el divorcio, lo envió como una especie de penitencia a Râmnicu Vâlcea. Allí conoció a su segunda esposa, que era la sobrina de la abadesa de un monasterio. Como no se la querían dar en matrimonio, ¡la raptó!

La vistió con ropas de chico, le cortó el pelo y se fueron juntos a Brașov cruzando las montañas a pie y en carretas, donde vivieron un año hasta que los descubrieron. Luego llegó su tercera esposa, con la que vivió en esta casa. Se entendían extraordinariamente bien y lo cuidó cuando estuvo enfermo. Casi toda su literatura y composiciones más logradas se hicieron aquí.

Algunos le atribuyen a él la composición del himno nacional de Rumanía (Deșteaptă-te, române!). ¿Realmente fue así?

Sí, fue él. Esto tiene que ver con el contexto político. Él aquí, en Bucarest, vivió las dos grandes revoluciones del siglo XIX: la de 1821 y la de 1848. En 1848, cuando estalló la revolución, se encontraba en Râmnicu Vâlcea. Allí, un grupo de jóvenes revolucionarios, liderados por Andrei Mureșanu (quien escribió la letra), buscaban una melodía con la fuerza suficiente para conmover y movilizar al pueblo.

Anton Pann tomó una melodía de un canto que él ya había arreglado y popularizado, y la adaptó perfectamente a los versos de Mureșanu. El 29 de julio de 1848, en el parque Zăvoi, se cantó por primera vez de forma oficial lo que hoy conocemos como Deșteaptă-te, române. El genio musical de Anton Pann fue el que le dio ritmo y alma al himno que hoy representa a toda Rumanía.

Un final glorioso para una vida tan entregada a la cultura popular.

Sí, aunque su final fue triste. Murió en 1854 enfermo de un resfriado que se agravó porque esta casa era muy insalubre debido a la humedad, nunca tenía dinero porque lo invertía todo en la imprenta.

Su vocación y deseo fue hacer todo lo posible por ofrecer acceso a la cultura al hombre común. Por eso tradujo todos los cantos eclesiásticos del griego al rumano, los reescribió adaptando la melodía de tal manera que la gente sencilla, al ir a la iglesia, pudiera entender lo que escuchaba.

Lo mismo sucedió con su imprenta y su libro Povestea Vorbii. Gracias a él, muchos aprendieron a leer. Dedicó hasta su último aliento a hacer que el hombre común pudiera entender la belleza de la música y las letras. Y una curiosidad sobre su carácter es que escribió su propio epitafio.

Salgo de la casa memorial mientras los acordes de su historia siguen resonando en mi cabeza. Anton Pann no solo comparte nombre con una calle de Bucarest, es el hombre que, desde los suburbios de barro, enseñó a leer y cantar a toda una nación. Y cuyo afán por ofrecer acceso a la cultura sigue presente en este museo donde cualquiera puede asomarse hoy a su legado.

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