Todos los caminos llevan a Rumania

Talía Delgado July 31, 2012 11
Todos los caminos llevan a Rumania

Foto: Andreea Prelipcean

Como extranjero una de las primeras preguntas que te suelen hacer aquí es ¿Por qué has venido a Rumania? Mientras que en España la pregunta es ¿Por qué te fuiste a Rumania?. Aparentemente son dos preguntas sencillas de responder pero nunca he sido capaz de hacerlo simplemente porque todavía no se si soy yo la que vino a Rumania o si Rumania vino a mí.

Este país ha estado siempre presente en mi vida, alrededor mío, como un pequeño satélite. Lo que me liga a este país es algo difícil de explicar, tenemos una relación peculiar y a veces incluso bizarra. Quizá ha sido el azar o tal vez las decisiones que he tomado…Sea lo que sea todo empezó así:

Imágenes sin sonido, sin voz, personas en blanco y negro apiñadas con los puños en alto, tanques por las calles de Bucarest, disparos sordos, una bandera agujereada en el medio, un balcón, un helicóptero, un viejo serio, orgulloso y asustado enfrente de los militares, a su lado una anciana con un pañuelo cubriéndole la cabeza, una habitación oscura, un muro, nieve, algunos disparos y dos cadáveres en el suelo.

Este fue mi primer contacto con Rumania. Tenía 11 años y veía la revolución con mis padres en el salón de mi casa. En la Navidad de 1989 sentí que teníamos algo en común, dos dictadores muertos.

Diez años después aquellas imágenes de Bucarest de mi infancia se transformaron en realidad cuando visité Rumania por primera vez. Tenía 21 años y llegué por casualidad. Un año antes había conocido en España a un grupo de jóvenes artistas rumanos que planeaban su primer intercambio cultural. Por aquel entonces apenas hablaba inglés mientras que ellos lo hablaban sin problemas. No se como pero nos hicimos amigos enseguida. Antes de irse me invitaron a venir a Rumania a participar en su proyecto. Pasó el tiempo y me olvidé de su propuesta hasta que un día mi madre me dijo que alguien que hablaba raro estaba al teléfono, al otro lado alguien en inglés me dijo que había sido elegida para participar en un intercambio cultural en Rumania.

Alrededor mío todo era blanco y negro y se asemejaba a las viejas imágenes de mi televisor. Por las oscuras calles personas grises como sombras huían de si mismos con la cabeza gacha; los famélicos “maidanezi” buscaban una caricia cariñosa. Dentro de los bares vacíos, en penumbra, apenas dos o tres personas ausentes, prisioneros de sus preocupaciones miraban un vaso vacío. Diferentes tipos de ”cerșetori” poblaban las calles en busca de algo de dinero, unos vestidos de militar, otros rodeados de iconos religiosos y algunos petrificados miraban a la nada. Niños sucios correteaban descalzos entre las piernas de la gente y reían inhalando de una bolsa negra que se llevaban a la boca de forma intermitente; casas derruidas, solares vacíos llenos de basura, el rumor de los viejos Dacias. La ciudad capturada en una postal de posguerra.

Llegué a Suceava tras un viaje de 14 horas en “maxi-taxi”. Allí durante diez días tuve la ocasión de interaccionar con varios jóvenes artistas. Los jóvenes rumanos no eran muy diferentes de los españoles salvo por su gran curiosidad hacia todo y que eran menos apáticos que nuestros jóvenes. Sabían mucho más de cultura, arte y personalidades españolas que los veinte españoles que estábamos allí. Recuerdo que hablando entre nosotros de lo que conocíamos sobre nuestros respectivos países ellos nos sorprendieron con todo lo que sabían sobre España mientras que nuestras respuestas me parecieron un tanto patéticas: Hagi, Ceaușescu, Dracula y Nadia. Me encantó su energía, eran muy activos y tenía un deseo inmenso de hacer cualquier cosa, de crear algo. No tenían miedo de poner sus ideas en práctica.

En el 2001 regresé para poner en marcha con la misma organización una revista inspirada en un proyecto local que entonces llevaba a cabo en España. Su entusiasmo trabajando me conquistó, la forma en la que cualquier problema, cualquier obstáculo que aparecía tenía una solución, incluso las carencias materiales eran resueltas. Empecé a apreciar ese carácter tan parecido al mío y comencé a sentirme en mi salsa en Rumania. El proyecto fracasó por las circunstancias socioeconómicas del momento. La vida siguió y cada cual y continuó su camino.

Dos años después uno de ellos me anunciaba por mail que acababa de recibir una beca Erasmus en Madrid lo cual me alegró enormemente. Por aquel entonces trabajaba en Radio Nacional de España pero sentía que me faltaba algo. Necesitaba un cambio, un reto, cambiar mi vida y esta visita fue exactamente lo que necesitaba. Mi amigo me contó que su organización en Rumania buscaba un voluntario por un año para llevar a cabo un proyecto europeo. Me preguntó que si me interesaba, que si no quería probar suerte de nuevo con nuestro antiguo proyecto de la revista. En menos de un mes me dieron el visado, hice todos los papeleos, me despedí de mi familia y volé rumbo a Rumania.

Llegué a Suceava en Octubre del 2003 con una mochila llena de ideas y la felicidad de comenzar una nueva vida. Era la única voluntaria europea de la ciudad. Los otros extranjeros eran los voluntarios americanos de Peace Corps. Decidí no perder el tiempo con extranjeros y sumergirme de lleno en el idioma y la cultura rumana, quería saber cuanto pudiera sobre el país. Me había traído de España unos libros sobre historia moderna de Rumania y en mi tiempo libre viajaba por el país, charlaba con la gente, hacía entrevistas y escribía artículos que enviaba a diferentes publicaciones extranjeras. A través de los viajes y de las conversaciones me di cuenta de que el país estaba cubierto por una nube de pesimismo. La situación social había creado una ola depresiva que controlaba la vida de las personas.

Pobreza, hambre, alcoholismo, desempleo, la obsesión por el dinero, la falta o el exceso del mismo, coches de lujo, chalets, tiendas de second hand (segunda mano), tabernas llenas, sobornos, miradas perdidas, caras cansadas, gente agotada, dos trabajos, tres trabajos, religión, resignación, colas enormes en las estaciones, deseo de huir, de escapar, migración, oscuridad. Podías oler y tocar la depresión, veías personas que cargaban a sus espaldas un gran peso que les hacía caminar encorvados. Nunca pensé que llegaría a beber una botella de vino con la frustración o que charlaría con la tristeza, antes eran sólo conceptos abstractos si bien en aquellos días tenían nombre y apellidos. Sentía que cada día era una lucha, que tenía que pelear y protegerme de un enemigo invisible que intentaba apoderarse de cada rincón de mi existencia.

El cielo era una cúpula que te aprisionaba con su textura de cemento gris y te sentías atrapado como en una bola de cristal de la que no podías salir. Me faltaba el aire, respiraba a bocanadas agonizando como un pez fuera del agua. Era invisible. El no entender el idioma ayudaba a acrecentar esa invisibilidad. Un día en un semáforo por primera vez entendí todo lo que dos señoras estaban hablando y de repente fui visible. Caminando por las calles utilizaba mi recién estrenado poder para escuchar las conversaciones de la gente que en su mayoría giraban entorno a los que habían emigrado o al dinero.

Dos años después aún seguía en Rumania, completamente integrada, haciendo “haz de necaz” como el resto de los rumanos. En la primavera del 2005 mi vida en Rumania dio un giro inesperado. Mi organización se disolvió y todos mis conocidos se marcharon fuera del país o a otras ciudades. Me quedé sola sin trabajo, sin permiso de residencia y sin casa. En el bolsillo un billete de vuelta a España que nunca utilicé y que aún guardo para recordar el momento en el que tomé la decisión que me cambió la vida, el día en el que elegí quedarme en Rumania independientemente de mi situación. No quise que las circunstancias me robaran la oportunidad de quedarme. Algo me decía que tenía que luchar y continuar mi viaje. Ahora me doy cuenta que se trataba de un viaje más profundo, uno personal e íntimo.

Me mudé a Bucarest, encontré un apartamento, creé una ONG con lo que me aseguré el permiso de residencia y un trabajo deseado y por el camino dejé de ser una extranjera. Intentando manejarme sola me di de bruces con la misma realidad a la que se enfrentaba cualquier rumano. La burocracia, las “atenciones”, las leyes cambiantes y a veces absurdas, los funcionarios antipáticos y aprovechados pero también con personas majísimas y amables que me iban echando una mano desinteresadamente cuando lo necesitaba. Empecé a entender a los rumanos, sus emociones y sentimientos algo que hasta entonces sólo podía entender racionalmente. Poco a poco mi alma se fue rumanizando.

Han pasado nueve años y aquí sigo. Son muchos los que aún no entienden mi empecinamiento o como he “resistido”, esta es la palabra que más a menudo oigo. No entienden que haya dejado un “país desarrollado, rico y civilizado” para vivir aquí por un salario incierto, no entienden que haya peleado tanto por quedarme. ¿Cuál ha sido tu ganancia? me preguntan curiosos.

Mi ganancia es mi vida de ahora. Buscaba una experiencia completamente diferente que cambiara mi perspectiva sobre la vida y la he encontrado. Todos los obstáculos que han ido apareciendo a lo largo del camino no han estado nunca relacionados con Rumania sino con la vida misma. Hay mucha gente que a diario se enfrenta a muchísimos problemas y los afronta con energía y determinación. Yo soy una persona enérgica y determinada y quizá sea eso lo que me impulsa a quedarme, quizá Rumania se amolda a mi personalidad, y es así de fácil.

Siento que la desordenada energía de este país me llena y me empuja a dar lo mejor de mí y a no rendirme porque todo tiene solución. Esto es lo que me gusta de Rumania que se queja mucho pero nunca se da por vencida. Rumania me deja creer que todo es posible, que aquí tienes la libertad de elegir que quieres ser: un empresario, un turista, un extranjero… tan sólo depende de ti que camino elijes. Poco a poco siento que el pesimismo de antaño va desapareciendo.

Calles llenas de personas sonrientes, como manchas de colores en la ciudad; la relajación flota en el aire y roza levemente sus hombros, los coches hablan cada vez más alto; las iglesias se multiplican, los inmigrantes regresan del exilio; estrés, un trabajo, dos trabajos; Los cafés llenos de risas, la creatividad asoma a la vuelta de la esquina, un volcán de expresión personal, el deseo de ser remarcado, la fiebre por poseer cosas; la gente corre enfrente del pasado dejando tras de si recuerdos de humo; preocupaciones al estilo europeo; huele a cambio y a flores; una energía enorme recorre el país, esa energía anteriormente dormida mecida por la frustración sale a la superficie; Los “maidanezi” gordos aún buscan una caricia.

Desde los once años Rumania ha entrado y salido de mi vida. Puede que ella me ha elegido, yo me he dejado y de alguna manera nos hemos entendido mutuamente.

 

Maidanezi: Perros callejeros.

Cerșetori: Mendigos

Maxi Taxi: Microbus

“Haz de necaz”: Poner al mal tiempo buena cara

11 Comentarios »

  1. Jordi July 31, 2012 at 19:54 - Reply

    Gracias por desnudar tu experiencia, Talia.

    • Hispatriados August 1, 2012 at 11:35 - Reply

      Gracias a tí por leerla.

  2. Carlos Ruiz Bodero August 1, 2012 at 11:28 - Reply

    Me gusto mucho el artículo,parece que la mayoria se ha encontrado en él,me refiero a los extranjeros,lo mismo hemos vivido nosotros con la diferencia que nosotros llegamos en la época de oro, gracias por hacer publica tu experiencia.

    • Hispatriados August 1, 2012 at 11:43 - Reply

      Gracias Carlos por tus comentarios y por leernos. Me alegra saber que hemos tenido experiencias comunes independientemente del período en el que hemos llegado.

  3. natalia August 2, 2012 at 12:28 - Reply

    Que bueno Tali, creo que reflejas perfectamente como nos hemos sentido muchos. Me gusta mucho!

  4. Claire August 9, 2012 at 01:35 - Reply

    Para mí Rumanía era un mapa pintado de verde en el colegio. Cuando vi los Cárpatos desde el avión sentí la emoción del descubridor, cuando aterricé en Bucarest me sentí en casa. Entiendo que hayas echado raíces allí. Gracias por dejarnos ver a través de tus ojos la evolución de ese hermoso país.

  5. Amy August 15, 2012 at 20:33 - Reply

    Para los que estábamos más allá de la pantalla, para nosotros- “ personas en blanco y negro apiñadas con los puños en alto”- para nosotros los que hoy se nos ve sonrientes- “como manchas de colores en la ciudad”- , el artículo de Talía es el reflejo perfecto de una vida que se empeña en escapar del confort monocromático para cobrar sustancia multicolor. De alguna manera su destino y el nuestro están ligados por el hilo invisible que se llama valentía.

  6. cosmina maria preduchin October 1, 2014 at 21:50 - Reply

    Muchas gracias x ser tan exacta y dar en el clavo con tu articulo.Hay q ver las 2 caras de mi pais y siempre tomar las decisiones corectas uno mismo.Yo he vivido 14 años en España (Valencia) y para mi ha sido una experiencia enriquecedora. Pero ahora he vuelto a mi tierra y espero poder volver acostumbrarme a “Pobreza, hambre, alcoholismo, desempleo, la obsesión por el dinero, la falta o el exceso del mismo, coches de lujo, chalets, tiendas de second hand (segunda mano), tabernas llenas, sobornos, miradas perdidas, caras cansadas, gente agotada, dos trabajos, tres trabajos, religión, resignación, colas enormes en las estaciones, deseo de huir, de escapar, migración, oscuridad. ” Despues de 14 años de extranjeria vienes con los ojos y la mente abierta y es un poco difícil de retomar la vida desde ahy de donde la dejaste.Espero q estes bien y q tengas mucha suerte in peripetia vietii tale.De nuevo te lo agradesco x este maravilloso artículo .

  7. Maranta November 7, 2014 at 13:58 - Reply

    La multi ani! Y a por muchos más!

  8. Rumaneante March 27, 2015 at 14:26 - Reply

    Creo que es el artículo relacionado con Rumanía más bonito que he leído. Gracias.

  9. vicky November 3, 2015 at 18:24 - Reply

    Muy bonito, tienes razon. En Rumania no sientes que intentan cortarte las alas, son gente abierta, se puede hablar cualq cosa, no hay rigidez, ni miedo a decir algo que no guste a los demas.

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