De hombres y perros

Carmen Gonzalez March 15, 2012 2
De hombres y perros

Foto: Andreea Prelipcean

Ha parado de llover, un perro solitario camina sin rumbo ni destino mira a uno y otro lado despistado, duda, se cruza con una pareja y titubea, reclama atención y su forma de hacerlo es seguir a la pareja. Para seguirles ha cambiado su forma de caminar. Ahora hay decisión, determinación, finalidad, destino y propósito en sus pasos. Busca atención, aprobación, alguna caricia. Ha girado, se ha vuelto, ha cambiado de dirección, poco importa, no iba a ninguna parte.

Son perros de la calle, en manada y en determinadas zonas de la ciudad pueden ser muy peligrosos, cuando están solos se sienten, creo que se sienten, indefensos y son cobardes. Alguno, a veces, olvida su soledad y se atreve a enseñar los dientes, gruñir y atacar aunque, sin el apoyo de la manada, es fácil de ahuyentar. Los perros callejeros son una de las peculiaridades de Rumania, de Bucarest, es tan habitual y característico que son mencionados en las guías turísticas en las que se proporcionan consejos para evitar los ataques y también para, en caso de ataque, procurar el remedio sanitario. Dan miedo, a veces, y lástima, en muchas ocasiones. Son muchos y el clima es duro. Cuando su comportamiento es errático, cuando caminan y viven solos, me recuerdan al protagonista del libro de Paul Auster, a Timbuktu.

Es una ciudad dura para los hombres no pienso que sea menos dura para los perros. La mayoría lleva en una de sus orejas un pendiente, un distintivo de color amarillo, rojo o cualquier otro color que diferencia a aquellos que han sido castrados para evitar la reproducción masiva, y vacunados. La gente les protege, es habitual ver a la puerta de un establecimiento o edificio un perro “adoptado”, la adopción se refleja en el felpudo bajo el cuerpo que dormita, la caja de cartón con trapos al fondo para arropar y proteger, la lata con agua, los restos de comida. Imagino que, a veces, pueden recibir también una caricia. Frente a mi casa hay uno adoptado o protegido por una peluquería de señoras, me pregunto que hará el perro cuando cierran y esos días, los festivos, en los que el establecimiento no abre. Esos, los adoptados o protegidos, pueden considerarse privilegiados, pero ellos no lo saben, o puede que si.

A la salida del Metro, en la Piaţa Victoriei, frente al palacio del Gobierno, en la avenida Aviatorilor, un grupo de perros aprovecha los cambios en las luces del semáforo y se lanza en persecución de los coches en marcha profiriendo ladridos que parecen de desesperación. Los coches tratan de evitarlos, los perros les persiguen en una carrera suicida y zigzaguean sin apercibirse del peligro de ser atropellados. El tráfico en esta gran avenida es intenso. Cuando las luces se ponen en rojo, los perros descansan, cogen aliento y esperan en el césped que bordea la avenida, esperan la luz verde, esperan que los coches arranquen y aceleren e inician, de nuevo, una persecución sin esperanza.

El invierno es cruel en la ciudad, el viento agita las ramas de los árboles desnudos y encoje a los transeúntes. El termómetro marca temperaturas bajo cero. La manada de perros que diariamente se refugia y duerme contra la pared y al abrigo de las salidas de aire caliente del Novotel, hoy, tiene compañía. Los perros han sido desplazados. Sobre el suelo, contra la pared, al abrigo del aire caliente, un envoltorio de mantas oculta a un hombre. Los perros, han cedido su espacio y dormitan enroscados sobre si mismos.

2 Comentarios »

  1. Diamante March 17, 2012 at 00:49 - Reply

    Me ha parecido un relato duro y tierno.
    ¡Cuánto nos parecemos hombres y animales, hombres y perros!.
    Nos son comunes la soledad, el frío, el hambre, la necesidad de afecto, el miedo, el desafío inútil, la desesperanza…
    Un placer leerte Carmen.

  2. Diego Hidalgo April 9, 2012 at 17:43 - Reply

    Suscribo el comentario de “Diamante”. Escribes muy bien.

    Mi padre escribía desde Rusia en 1928 algo parecido sobre los niños rusos de entonces.

    Es desolador el panorama desde casi todos los países europeos. Supongo que en Rumanía aún hay memorias de los tiempos de Caucescu, y la crisis se acepta con más resignación que en España.

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