De Luz y Oscuridad, percepciones de Rumania entre 2001 y 2011

Ignacio M. Delgado Culebras March 13, 2012 2
De Luz y Oscuridad, percepciones de Rumania entre 2001 y 2011

Foto: Andreea Prelipcean

La Rumania en la que puse pie por primera vez en 2001 era densa. Los ruidos de Bucarest pugnaban por hacerse oír, como si tuviesen que atravesar capas y capas de un viscoso elemento que ahogase sus voces. Pese a sus denodados esfuerzos, llegaban en sordina, amortiguados por la mercurial densidad del aire, un aire que tenía masa, un aire que pesaba.

Los hombros de los viandantes se curvaban bajo el peso de aquel aire, que les hacía caminar arrastrando los pies, como condenados de camino al cadalso.

La ciudad parecía abandonada, a punto de ceder bajo su propio peso. Enormes solares, edificios ruinosos, tortuosas calles sin iluminar, jaurías de perros campando por sus respetos, hedor a agua estancada se erigían como oscuros presagios de un derrumbamiento al que los rumanos asistían con la resignación y el fatalismo del que sabe que rebelarse es inútil porque todo está decidido de antemano.

Rumania era presa del letargo. Había visto como la muerte del tirano Ceaucescu no había cambiado nada, como las promesas de una vida más digna y un mundo más justo habían sido traicionadas por las dos ideologías que dominaron el siglo veinte, como la revolución no había sido sino un golpe palaciego para que todo siguiese como estaba, y como la llegada del capitalismo sólo había supuesto la rapiña de las empresas estatales por parte de los aparatchiks-hienas que estaban en el lugar preciso en el momento correcto. Se había resignado a su suerte y convencido a sí misma de que el mito de Mioriţa (¿para qué pelear contra lo inevitable?) era el núcleo del alma rumana.

Sin embargo, aquel alud de primeras impresiones era, al mismo tiempo, un trompe-l’oeil.

Apenas bajé del autobús en Suceava, me asomé a la vida que latía bajo la gris superficie. En un apartamento, mientras comíamos pizza casera, fumábamos Assos o Viceroys, bebíamos cerveza y conversábamos animadamente, descubrí una Rumania inquieta, deseosa de saberlo todo, de aprender de todo, de crear, de no dejar pasar una oportunidad para absorber conocimiento (no eran pocos los que hablaban español gracias a los culebrones de lo que yo abjuraba), de aprovechar todos los medios al alcance para crecer y aprender.

Las conversaciones duraban noches enteras, los chistes (negros) volaban de boca en boca, y bastaban unas cervezas, unos cigarrillos y un puente en algún lugar cercano a Vatra Dornei para improvisar una fiesta.

Aún no lo sabía, pero esa vida subterránea, aunque tenue como la llama de una vela, era la luz de aquel país nuevo para mí.

Regresé en varias ocasiones, nunca por mucho tiempo, y la negrura y la pesadez retrocedían mientras la luz crecía en intensidad.

Rumania aún se sentía traicionada, veía como los sueños de libertad y justicia se evaporaban y se abría paso lentamente una realidad que no era la soñada, pero con la que empezaba a ponerse de acuerdo. Era un inicio. Persistían los viejos complejos, como creer que lo que viene de fuera es mejor por el mero hecho de venir de fuera (algo, por otro lado, tan español), y algunos viejos reflejos del comunismo, pero asomaba, tímidamente aún, el impulso de crear lo nuevo, de construir lo que aún no existía, de dibujar el futuro: se abrían bares, discotecas y galerías de arte.

Las influencias habían sido digeridas y pasadas por el tamiz rumano y mucha gente trataba de conciliar sus sueños con una realidad que no aceptaba fácilmente lo nuevo: Recuerdo el Staff, habitaciones inundadas por la lluvia, el tímido orgullo del guía turístico que me mostró los frescos del monasterio de Voroneţ, los primeros carteles de las estrellas de Manele, los clubes de Bucarest (Green Hours, Terminus), las teorías conspirativas… Rumania cambiaba, cada vez más rápido.

Acabé por vivir allí durante un año. Mi percepción cambió porque me fue dado experimentar aquellas cosas que a un turista le están vedadas. Bucarest era agresiva. Salir a la calle, a hacer un recado o alguna gestión, era salir a batallar, a pelearse con quien fuese porque nada iba a salir por las buenas o con buenas maneras, especialmente si había que tratar con la burocracia. No era el gusto por la querella, sino la necesidad. Esa expresión tan manida y vacua de “la lucha  por la supervivencia” podía olerse, sentirse e incluso tocarse en las calles de Bucarest.

La gente salía a imponerse, caminaba a paso rápido, sin tiempo que perder, chocaban unos con otros, malhumorados, preparándose para una batalla que se libraba por toda la ciudad, en cada rincón, en cada oficina: vencer o morir y llegar a casa exhausto y descansar para volver a la carga al día siguiente, sin tregua.

La ciudad bullía, los ruidos ya no quedaban enmarañados en la pesada densidad del aire, sino que se elevaban a alturas antes impensables y toda aquella fricción entre electrones-personas generaba una energía bruta y descontrolada: la ciudad como dinamo, la ciudad en la que todo era posible si uno tenía el arrojo y los arrestos necesarios, el folio en blanco donde se podía escribir libremente y no al dictado, una ciudad fascinante y aterradora a partes iguales, ya que la energía se acumulaba, pero no parecía desembocar: todo estaba en construcción, incluso nosotros, los estudiantes de la Universidad de Bucarest.

También yo competía y peleaba, contagiado acaso por la ciudad, por hacerme sitio, por hacerme respetar, para revertir la indiferencia hacia el estudiante Erasmus, al que todo salvo la fiesta le es ajeno, y convertirla en aprecio. Cuanto más me esforzaba por ser un estudiante más, sin privilegios (aunque era consciente de que aún los tenía) y por hablar rumano, más cercanos y cálidos se mostraban mis compañeros y más me ayudaban. Quería conocer Rumania más a fondo, escuchar qué querían ellos, en qué pensaban, con qué soñaban.

La fascinación con el extranjero estaba en retroceso. La mayoría veía en Rumania su lugar en el mundo y, aunque todos querían viajar y ver mundo, todos tenían claro que en el extranjero serían un inmigrante rumano más y estarían amenazados por estereotipos que no estaba en su mano cambiar. Los prados no son más verdes en otro lugar. No se engañaban.

Dejé Rumania en Junio de 2006. Desde entonces he vuelto varias veces (allí me siento en casa) y he sido testigo de muchos cambios.

Aquella energía que parecía no desembocar se ha canalizado en las más variadas direcciones y encontrado una forma: Lipscani hierve de bares y restaurantes; en las más insospechadas esquinas, un viejo edificio en ruinas ha sido reformado y convertido en algo nuevo; los espacios muertos, como la Biblioteca Nacional, han sido rehabilitados y encontrado nuevos usos (un centro cultural).

El aire de Bucarest es más liviano. Quizá la ciudad se ha liberado de sus decepciones a través de la creatividad.

Sin cargas sobre los hombros, los bucarestinos se sientan en las terrazas a disfrutar con delectación un café, una copa, un cigarrillo. Se recuestan sobre los respaldos de sus sillas y ven la vida pasar, satisfechos de una ciudad cada vez más luminosa.

2 Comentarios »

  1. Margot March 15, 2012 at 21:26 - Reply

    Gracias por tu relato.
    A través de él hemos visto como un país se ha ido abriendo paso entre la niebla hacia zonas más luminosas con el esfuerzo colectivo.
    Es un texto para reflexionar

  2. José Manuel April 19, 2012 at 19:32 - Reply

    Es muy interesante el observar, con el paso del tiempo, la transformación de una ciudad, de un país y, es muy bonito y sumamente atractivo el relato que Ignacio hace de ello. Gracias

Deje su comentario »

Click here to cancel reply.