La Libertad

Ignacio M. Delgado Culebras May 29, 2012 1
La Libertad

Foto:Andreea Prelipcean

Titular una novela sobre la Rumania pre-revolucionaria La Libertad puede inducir a no pocos equívocos. No se trata — dejémoslo claro desde ya — de un relato sobre la “gloriosa” revolución rumana o la consecución de la ansiada libertad tras el derrocamiento del “Gran Conducator” Nicolae Ceaucescu en 1989. Nada más lejos de la realidad. Periodista curtido en corresponsalías en el este de Europa a finales de los ochenta, Ignacio Vidal-Folch ha visto lo bastante como para saber que la épica de las revoluciones y los alzamientos populares contra las dictaduras, historias donde la justicia triunfa sobre la injusticia y el débil sobre el fuerte que a todos nos gusta escuchar, son sólo el bello envoltorio que oculta una realidad difícil de digerir de intereses encontrados y a menudo bastardos, golpes de palacio y ajustes de cuentas.

Sin embargo, Vidal-Folch tampoco se deja llevar por ese cinismo que tan caro es a los periodistas y, lejos de pretender desvelar las claves de la revolución rumana, teje una novela en la que la libertad no es tal, sino aspiración y búsqueda de la misma.

Novela-Matriuska, La Libertad es un conjunto de historias que se superponen unas a otras y transcurren simultáneamente, ofreciendo así una gran variedad de ángulos desde los que observar el Bucarest en descomposición de finales de los ochenta: el escenario y el tiempo histórico en el que transcurre la acción.

Retrata Vidal-Folch un régimen moribundo al que nadie quiere dar el tiro gracia y en el que priman la inacción — todo el mundo aguarda que algo suceda, pero nadie quiere dar el primer paso y decir en viva voz que el rey está desnudo — y el miedo a la ubicue Securitate, a que todo siga igual, y al porvenir. Y, en medio de tan deprimente grisura, el inesperado visitante que nunca precisa de invitación: el amor, en este caso un triángulo amoroso en el que los anhelos de libertad, las esperanzas de un futuro mejor, y las frustraciones personales de cada uno de sus vértices (Mircea, Lucía y Daniel) les unen tanto como les separan (¿es posible consensuar un significado común para la palabra libertad?).

Pero no acaba ahí el juego de muñecas rusas. Todas las muñecas están huecas y en ese hueco albergan a una muñeca cada vez más pequeña. Todas salvo la última, que es una sólida pieza de madera: el hueso, el alma de la muñeca, aquella parte que no se puede descomponer en partes más pequeñas. Lo mismo sucede con los protagonistas de La Libertad: pese a la Historia, el amor, y el deseo de libertad, ninguno puede escapar de lo que es.

Daniel, un español hastiado de sí mismo que aterriza en Bucarest casi por casualidad, libra una batalla perdida de antemano: busca escapar del tedio de la existencia, la redención en brazos de una mujer, alguien que le haga olvidarse de sí mismo y sus miserias. Rumania es una oportunidad, su oportunidad, acaso la última, de redimirse.

Lucía, una soñadora seducida por los sueños de cartón piedra de la publicidad y los acordes ligeros de la Lambada, cierra los ojos a la fealdad y la miseria que percibe a su alrededor y cree que los pastos son más verdes allá donde ella no está, en el lejano Occidente, esa tierra en la que todo el mundo viste con clase, tiene sonrisas perfectas y vidas perfectas y nada de lo que preocuparse.

Mircea, un gris estudiante de la universidad de Bucarest, desprecia a los extranjeros que llegan a Bucarest en busca de las aventuras que no encuentran en sus países de origen y seducen con su ligereza y dinero a las jóvenes rumanas, pero trabaja para ellos para medrar con la esperanza de no ensuciarse en el intento.

Alrededor de estos planetas, Vidal-Folch pone en órbita a un variado elenco de personajes secundarios que enriquecen y completan el retrato de la Rumania pre-revolucionaria: ociosos diplomáticos con amantes a sueldo de la Securitate que matan las horas como pueden mientras sueñan con abandonar un destino con tan poco lustre como escasas posibilidades de ascenso; mercenarios escritores de tercera categoría que, incapaces de abrirse paso con su talento, prefieren escribir panegíricos sobre dictadores comunistas (o cualquiera que pague bien) para alcanzar la gloria; altos funcionarios del partido comunista con acceso a los Ceaucescu que infunden terror allá donde van y que, conscientes de su poder y sabedores de que una palabra suya hace o hunde carreras, lo ejercen y disfrutan; incomprendidos compositores de música dodecafónica que hacen equilibrios entre su arte y las exigencias del partido para no caer en desgracia o en las garras de la todopoderosa Securitate; periodistas noveles que nada comprenden, y occidentales que, prisioneros en sus hoteles, permanecen ajenos a todo lo que sucede, en un limbo que les permite explotar su privilegiada situación para conseguir favores y placeres.

Y, finalmente, los relatos avanzan simultáneamente por distintos meandros hacia la libertad, la personal (lo que cada personaje entiende por libertad) y la política (ésta encarnada por el estallido de la revolución de 1989). ¿O no? ¿Nos hace más libres deshacernos de un tirano, hacer catarsis poniéndolo ante un pelotón de ejecución? ¿Somos más libres viviendo sin apenas normas en un país ahogado por las mismas o huyendo hacia lugares que se presentan a sí mismos como la encarnación de la libertad para descubrir que los prados no son más verdes en otro lugar o que la libertad tiene insospechadas servidumbres y precios? ¿Nos libera la superación de los miedos y prejuicios que nos atenazan e impiden ser verdaderamente libres?

Vidal-Folch no da respuestas. La Libertad es sólo — nada más y nada menos — una (buena) novela y la libertad una búsqueda.

 

 

Un comentario »

  1. Ignacio September 13, 2012 at 00:32 - Reply

    Me gusta el comentario de Ignacio sobre la novela de Vidal-Folch, pues me ayuda a completar el mundo imaginado que yo he construido sobre esos momentos históricos.

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