El lecho de Procusto

Natalia Albarrán November 12, 2012 0
El lecho de Procusto

Foto: M.Herranz

Madrid, viernes por la mañana, me encamino a la calle Serrano, donde está una de mis dos librerías de viajes favoritas, quiero comprar un libro de un escritor rumano. Siempre que me voy de viaje, paso por esta librería y busco un libro relacionado con el país; hoy es diferente, llevaba viviendo casi un año en Bucarest y no había leído ningún autor local;”tengo que cambiar esta situación”, me digo mientras empujo la puerta de entrada de la librería. Al llegar, lo veo allí esperándome, “El lecho de Procusto” de Camil Petrescu, un libro que habla del Bucarest interbélico. ¡Me lo llevo!

Petrescu nace el 9 de abril de 1894 en Bucarest. Nunca conoce a su padre, también llamado Camil Petrescu, que muere antes de su nacimiento. Su madre, Ana Cheler, también fallece cuando él es aún pequeño, por lo que es criado por la familia del subcomisario de policía Tudor Popescu, en Obor. Estudia en el colegio Sfântul Sava y en el instituto Gheorghe Lazăr, ambos en Bucarest. Dados sus buenos resultados académicos enseguida consigue una beca completa para estudiar Filosofía en la Universidad de Bucarest y, tras graduarse con honores, pasa un tiempo enseñando en Timișoara.

En 1914 debuta con un pequeño artículo en la revista Facla bajo el seudónimo Raul D. con el escrito “Femeile şi fetele de azi” (“Las mujeres y las niñas de hoy”), todavía un comienzo poco prometedor. Desde 1916 hasta 1918 Petrescu lucha en la Primera Guerra Mundial, uno de los periodos más dramáticos de la historia rumana, en la que el país queda al borde de la destrucción. Su participación en la guerra le provoca experiencias y sentimientos que plasmará en su obra “Ultima noapte de dragoste, întâia noapte de război” (“Última noche de amor, primera noche de guerra”) publicada en 1930. Tras pasar un periodo en un hospital militar, regresa al frente donde es tomado prisionero por los húngaros. Durante un bombardeo alemán pierde el oído derecho, lo que le marcará para el resto de su vida. Según sus propias palabras la sordera le agota, le intoxica, y hacer cualquiera de las actividades cotidianas le supone un esfuerzo monumental.

Llego a Bucarest y corro a contarles a todos mis amigos rumanos mi nueva adquisición; “te va a gustar”, me dice la mayoría, “buena compra, nosotros nos lo leemos en el liceu”, me dicen otros. En cuanto termine el libro con el que estoy, me lanzo a por este.

Una vez finalizada la guerra, a partir de 1920, comienza a participar en las reuniones encabezadas por Eugen Lovinescu y escribe para la revista homónima donde publica sus primeras poesías. Es en estas reuniones cuando conoce al periodista Nicolae D. Cocea, que se convertirá en su modelo espiritual y inspirándole para el personaje de Ladima, de el Lecho de Procusto. En 1939 es nombrado director del Teatro Nacional de Bucarest.

Después de la Segunda Guerra Mundial el Comunismo se instaura como nuevo régimen en Rumania y, aunque muchos de sus antiguos amigos y colegas son hechos prisioneros o huyen al exilio, Petrescu toma la decisión más controvertida de su vida. A pesar de que durante la guerra fue simpatizante de las fuerzas aliadas, ahora se consagra al nuevo régimen en lo que muchos consideran un intento por mantener su posición económica y social. En 1947, pasa a ser miembro de la Academia Rumana.

Según voy leyendo me imagino a los personajes en las calles que he recorrido miles de veces; me imagino el paseo Kisseleff y las parejas vestidas con trajes de época paseando por sus aceras; me pregunto dónde estaría en Calea Victoriei la tienda de la señora T ,¿Será alguna de las tiendas “fashion” que llenan esta travesía?. Los personajes hablan del Teatro Nacional, de su “sala mare”, y pienso, con una media sonrisa, que probablemente entonces no existía La Motoare.

En 1953 empieza a trabajar en una gran novela de varios volúmenes, dedicada a Nicolae Bălcescu, el famoso revolucionario del siglo XIX, recuperado por el régimen como un ejemplo de socialismo romántico. Esta novela se convierte en un fracaso. De hecho nunca llega a terminarla completamente, aunque continua publicando artículos glorificando el régimen comunista, sus logros y personajes. En 1957 Camil Petrescu muere en Bucarest.

Camil Petrescu es considerado uno de los padres de la novela moderna rumana del siglo XX, calificado como “el Proust rumano” dada la profundidad psicológica en el tratamiento de sus personajes. No en vano, analizó concienzudamente la obra de éste y en 1935 publicó sobre ella el ensayo “Nueva estructura y obra de Proust”. Ha sido también comparado con otros autores centroeuropeos contemporáneos como Sandor Marai, Joseph Roth o Stefan Zweig.

La influencia francesa en Rumania de principios de siglo, que convierten a Bucarest en el París del Este, se deja ver abiertamente en las obras del escritor. Asimismo la tradición germana, presente en toda Transilvania, influye los escritos de Petrescu. Admirado por muchos y atacado por otros se convierte en uno de los intelectuales más populares en la primera parte del siglo XX en Rumania.

Debido al tradicional aislamiento de la literatura rumana su obra ha tenido escasa trascendencia fuera de Rumania, aunque no por eso su calidad literaria tiene menos valor. Si su obra se hubiese difundido en el París de los años 30 habría alcanzado un reconocimiento similar al de muchos de los autores coetáneos de otros países europeos. También se vio afectado por el hecho de que muchos de los grandes autores rumanos del siglo XX (Ionesco, Cioran, Eliade) escribieran toda o gran parte de su obra en francés.

El lecho de Procusto está considerada la obra cumbre de Camil Petrescu. Es un reflejo de la sociedad rumana de entre guerras, del Bucarest más romántico, pero también una novela de amor, de sentimientos y de amargura. Siempre es un cliché decir que la verdad es relativa, que depende del punto de vista de cada cual, pero en esta novela, Petrescu relata de una forma magistral cuatro visiones, para que cada cual interprete su verdad.

En la mitología griega Procusto, que significa el estirador, tenía su casa en las colinas donde ofrecía posada al viajero solitario. Dentro de su morada poseía un lecho donde invitaba a los incautos viajeros a dormir. Al que la cama le venía pequeña lo amordazaba y serraba los pies que sobresalían. Si por el contrario el viajero era de corta estatura lo acomodaba en una cama larga donde también le maniataba y le estiraba las piernas hasta que se ajustaran al catre. En realidad, el lecho contaba con un mecanismo para que nunca la medida de la cama coincidiera con el tamaño del visitante. Petrescu utiliza esta historia para representar la historia entre de Ladima y Emilia y la de Fred Vasilescu y la señora T, donde la realidad de cada uno se aparta de su ser y se adapta a la de los demás.

Lo que hace especial esta novela y por lo que se ha convertido en una de mis favoritas, es su estructura. Son dos historias dentro de un mismo libro y cada una de ellas cuenta con las versiones de los protagonistas. También es una novela sobre cómo hacer novelas y una novela de intriga y suspense que te lleva hasta un final totalmente inesperado y grandioso que cierra sorprendentemente la historia. Petrescu logra esta combinación conjugando las voces en primera persona. Son los propios protagonistas los que cuentan su historia desde su punto de vista, lo que hace que la novela sea totalmente creíble. El narrador pasa a ser una segunda persona, escondiéndose a menudo en notas a pie de página.

Sin duda, Camil Petrescu, aunque poco reconocido fuera de las fronteras de Rumania, es uno de los escritores europeos más significativos de la literatura moderna.

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